Seguía sentada frente a la ventana, cepillándose el cabello, con la mirada perdida en quién sabe qué infiernos.
Al haber huído el último segundo de esa hora, se levantó para guardar el fino instrumento de plata en un cajón del tocador...
Su imagen en el espejo era ya tan diferente... La piel de la joven frente a ella no era tersa y mostraba un melancólico tono azul. Era tal la blancura de sus labios, que parecían nevados. Los ojos estaban enrojecidos y bajo ellos habitaban dos grandes manchas violáceas. Reparó en que los hilos rubios prendidos aún a su regazo, no conservaban rastro de su antigua brillantez o suavidad...
De pronto, una fría mano gris sobre su hombro la despertó del ensimismamiento...
-Ya es hora-, escuchó.
Y ella, tan graciosa como siempre, se desplomó inerte sobre la alfombra.
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