Hacía días que me dolían las piernas, de cuando en cuando un espasmo me sacudía el pecho y la respiración se me dificultaba. Y entonces la noticia llegó. O fue un presentimiento o algún extraño mal se gestaba dentro mío. Al parecer, nunca lo sabré.
Me senté a rezar por él, haciendo preguntas... todas ellas típicas. Entonces, con el contundente rayo de sol entre la hojarasca me indicó que yo seguía.
Y así, con el aire retumbando en mis oídos, enfrenté mi destino. Pero, ¿en verdad lo era?...
Ahora mismo no tengo idea de lo que está pasando... no sé que significa esta bruma sepia que lo rodea todo. La incertidumbre de antes era agobiante. La nueva, se transforma en dolor físico... agonía punzante...
El miedo no fue aliviado... El vacío adquiere dimensiones que el ser humano jamás ha concebido... El tiempo no existe... no se siente... aterra no tener control.
Al nacer nos acercamos al fin... Pero cuando llegas a él no sabes lo que hay detrás, no sabes si hay perdón... y los ojos se te quedan fijos a la nada, se congelan...
Lo he arruinado y no puedo decírtelo... Estoy segura que de ser otra su voluntad yo estaría aquí, junto a ti... Quise regalarte paz y mi último obsequio fue infinita culpa.
¿Destino?..
En este instante ya mis manos no pueden sujetarte para evitar que, al terminar la escalera de caracol, pienses que estás tomando las riendas del tuyo...
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