El polvo estaba repartido, adusto, por toda la superficie de la mesa. El papel y los lápices susurraban lentamente algo ininteligible. Yo nunca había tenido talento para el arte pero a pesar de ello, esa noche la inspiración había jugado a mi favor y cada trazo era perfecto, todos los rasgos eran exactos... o casi todos...
Tomé el borrador e intenté de nuevo.
El gesto que puramente debería surcar tu rostro no asomaba por el grafito. Los dientes no armonizaban con la mirada. El labio superior quedaba o muy grueso o demasiado fino.
No podía ser. Había aprendido a recordarla pero no podía plasmarla. Borré y borré, una y otra vez, hasta que de repente sentí húmedos el índice y pulgar...
¿Dolor? Ninguno, así que seguí intentando. La luz desapareció y me venció el cansancio. Literalmente, me había vaciado. Caí de frente sobre el trozo de cartulina manchado... entonces el sabor metálico y salado lleno mi cerebro... me abandoné al sueño.
Curioso...
La sonrisa que el lápiz se había negado a componer, me la regalaron tus labios al entrar al departamento y ver mi cuerpo inerte sobre el rojo charco.
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