miércoles, 6 de agosto de 2014

Degradado


Tono de violetas me borra los dedos
tensión de esperar el abrazo pedido
¿De dónde esta palidez mortuoria?
convalecencia eterna de ausencia
dulce placebo sin huella
herida en disfraz de estoma
uso el truco     de tan visto    aprendido
y en susurro de vals    
                            desaparezco


                           


                                       30 de junio de 2014



martes, 23 de abril de 2013

Blues I



Cuánta sutil felicidad
robada de tanta boca amarga.
Que desterrado trajín
le regaló la orilla de la nada.
Tuvo por manos un par de jacintos
y perdió remando el perfume
en indiferencia azul y clara.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Una cuerda más


- Yo lo maté. Vine a entregarme.

El policía no me miró consternado, como yo esperaba. Al parecer la escena es muy común. Bla bla bla. Su conversación era monótona, ensayada. Me indicó que tomara asiento en cualquiera de las sillas de la hilera. En lugar de ponerme esposas me entregó una tabla con tres formas. Burocracia, protocolo. Aún traía rastros de sangre en mi ropa. Me extrañaba que nadie en la comisaría reaccionara a eso. El oficial tendió una pluma. 

Llené mis datos y luego vino una pregunta que me resultó cómica...

Lo maté, claro, y no me arrepentía. Pero era absurdo que me preguntaran cómo en aquel cuestionario.

Por supuesto que fue alevosía. Jamás espero recibir el primer golpe. Y el que pega primero, pega dos veces ¿no?...

Un momento... Ese golpe lo había asestado él con sus mentiras, pero ¿qué importaba?...

Cayó de frente al suelo, riendo, esperando que aquello fuera una broma, otro de mis arranques...

Si. Estaba medicada. Bajo un tratamiento riguroso que nunca respeté.

Y él no decía palabra. Seguía sosteniendo hacia mí esa mirada risueña y compasiva que tanto detestaba.

- ¿Qué miras?-, espeté.

- Nada cariño, tranquilízate. Te preparo un jugo y te tomas las pastillas. Todo estará bien.

¡Oh, no! Para él nada volvería a estar bien. Esta vez algo de miedo se asomó a sus ojos, casi imperceptible, pero ahí estaba y eso hacía crecer mis ansias, mi entusiasmo.

Se fue a la cocina. Yo seguía con el arma agresora en la mano. Volteó a tiempo para que una astilla se encajara en su bello rostro.

¿Dolió? ¡Claro que dolió! Las lágrimas brotaron, escociéndole la herida.

- Cálmate-, dijo entre un quejido, - llamaré al hospital.

Se moría de miedo. Sabía que nunca debió sacarme de allí.

Caminó hacia donde estaba el teléfono. Mal paso. No debes dejar a una loca cerca del cuchillo con el que estás partiendo las naranjas.

No regresaría a ese lugar, jamás...

Comenzó a apretar los botones.

- ¡Oh, no, no lo harás!- , grité, ya empezando a salir de mí.

- Debes concentrarte. No quieres hacer esto. Esa no eres tú...

Él no podía saberlo, ni yo lo sabía. Miré con detenimiento el cuchillo. Era el instrumento asesino menos original del mundo. ¡Qué común!, ¡qué ordinario! Corrí a la sala. Hasta allá oí el suspiro de alivio.

No tenía idea de cómo se hacía. Di varios golpes a la madera hasta que un hilo grueso me cruzó la cara. Me ardió, si, pero fue excitante...

Tiré y tiré.

Estaba lista.

Arrojé todo cuanto encontré a mi paso. Floreros, cuadros... Gritaba tan fuerte que aún me duelen los oídos. Me cuesta creer de que los ruidos del infierno provenían de mi garganta.

Le lancé un pesado cenicero. En cámara lenta observé flotar las partículas negras, una que otra colilla. El cuenco aterrizó, por más que él quiso evitarlo, justo en su cabeza. No hay manera de resistir conciente a un golpe como ese, sin embargo, con sangre fluyendo por toda su cara, tuvo aliento para suplicarme que me detuviera.

Me arrodillé junto a él. A una parte de mí, la sangre nunca le gustó y me dio náusea. Limpié su rostro con mi playera. Acaricié su cabello... Me gustaba tanto...

- ¡Shhhh, shhhh!-, murmuré.

Él me sonrió, imaginando que la calma llegaría. Mi cómplice liberó una cuerda más, recordándome mi plan. Reposé su cabeza en mi muslo y enrrollé un extremo en cada mano.

- ¡Shhhh, shhhh!-, murmuré otra vez.

Parecía que iba a dormirse...

Su cuello sintió el movimiento. De su boca no salió ni un ruido. Se podría decir que murió en paz.

Ahora sólo estaría conmigo... Aunque ya no podría pensar en mí...

Dormí unas horas abrazada a su cadáver. Tengo que decir que han sido las horas de sueño más tranquilas y felices. Sin dudas, sin miedo...

- Salí del trance y vine hasta aquí... Si, ya sé que dije que no quería volver al psiquiátrico pero...

En ese momento el policía alzó la mira del relato.

- Tranquila, no volverás...

- ¿Cómo? Se acaba de enterar de lo que hice y... -, me interrumpió.

-  Matar a alguien con una guitarra no es un delito grave. Además, allá no cabe ni una cuerda más -, resopló con fastidio y dijo: - Márchese con su culpa a otra parte-.

Y me sacaron a empujones de la comisaría.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Un obsequio...

Pensé mucho en ti. Me ayudaron un dibujo en mi agenda, una pluma brillante y una estrella- de esas que se pegan en la frente- en el calendario. Doy gracias incontables veces por la bendición de tener a quienes amo a mi vera. Por poder compartir unas horas contigo.

Pero hoy, pido al cielo sabiduría y fortaleza para entender y asimilar cuando estoy agradeciendo por algo que no tengo. Solicito una bofetada cuando me siento feliz por un sentimiento que no existe, que no es recíproco. Imploro, con  las cuentas mordiéndome los dedos, por el olvido de un sueño que nunca será tangible...

Mi cabeza le da vueltas al asunto... busco la pequeña caja verde donde guardo un obsequio cuya elaboración me llevó varias noches, aquel que prometí darte pero que nunca tuviste tiempo de recibir. La abro. Las pequeñas plumas ya tienen arrugados los bordes. Maldito pegamento. Hace unos meses me había quedado perfecto.

Me rio. De mí, de las circunstancias. ¿Por qué me hago tanto daño?

Lloro. Mi ser está lleno de amor, pero mis manos y mis ojos se cansaron de trabajar en vano. No puedo perdonarme ser mi peor enemiga y haberte arrastrado dentro de esta vorágine en la que todo carece de sentido.

No puedo seguir así y hoy renuncio.

Es tiempo. Debo dejar de gastar energía y empezar a invertirla.

Te heredo la paz que creí haberte robado, envuelvo en mis sollozos tu tranquilidad para que la lluvia no roce siquiera las pequeñas ventanas en tu rostro.

Aparto de ti mis manos y mi conciencia manchadas de sangre para que los bufones no gocen de la fingida inocencia. Te ahorro el dolor torturando a fuego lento mi sistema nervioso.

Me trago la culpa entera y la entrega que laceran. Así tú no vomitas falacias o eufemismos.

No sé qué más puedo hacer... Estoy muriendo de a poco frente a ti... esperando tu abrazo, tu beso, tu compasión, una mirada tierna ante el sacrificio... pero, al haber caído tan bajo, ya no me crees digna ni de tu desdén... Das media vuelta... te alejas...

Ahora lo entiendo todo, el juicio que te ofendió no estaba equivocado y tienes un sólo deseo... Jamás haberme conocido. Si en mis manos estuviera borrar tus recuerdos hace mucho que lo hubiera hecho. Lo más que puedo ofrecerte son estás cenizas que aguardan ansiosas que las soples...

Te regalo un ángel, que te regala su ausencia... junto con la mía.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Dibujo

El polvo estaba repartido, adusto, por toda la superficie de la mesa. El papel y los lápices susurraban lentamente algo ininteligible. Yo nunca había tenido talento para el arte pero a pesar de ello, esa noche la inspiración había jugado a mi favor y cada trazo era perfecto, todos los rasgos eran exactos... o casi todos...

Tomé el borrador e intenté de nuevo.

El gesto que puramente debería surcar tu rostro no asomaba por el grafito. Los dientes no armonizaban con la mirada. El labio superior quedaba o muy grueso o demasiado fino.

No podía ser. Había aprendido a recordarla pero no podía plasmarla. Borré y borré, una y otra vez, hasta que de repente sentí húmedos el índice y pulgar...

¿Dolor? Ninguno, así que seguí intentando. La luz desapareció y me venció el cansancio. Literalmente, me había vaciado. Caí de frente sobre el trozo de cartulina manchado... entonces el sabor metálico y salado lleno mi cerebro... me abandoné al sueño.

Curioso... 

La sonrisa que el lápiz se había negado a componer, me la regalaron tus labios al entrar al departamento y ver mi cuerpo inerte sobre el rojo charco. 

domingo, 26 de junio de 2011

Los Colores del Otro Lado


Seguía sentada frente a la ventana, cepillándose el cabello, con la mirada perdida en quién sabe qué infiernos.

Al haber huído el último segundo de esa hora, se levantó para guardar el fino instrumento de plata en un cajón del tocador...

Su imagen en el espejo era ya tan diferente... La piel de la joven frente a ella no era tersa y mostraba un melancólico tono azul. Era tal la blancura de sus labios, que parecían nevados. Los ojos estaban enrojecidos y bajo ellos habitaban dos grandes manchas violáceas. Reparó en que los hilos rubios prendidos aún a su regazo, no conservaban rastro de su antigua brillantez o suavidad...

De pronto, una fría mano gris sobre su hombro la despertó del ensimismamiento...

-Ya es hora-, escuchó.

Y ella, tan graciosa como siempre, se desplomó inerte sobre la alfombra.

Tiro de Gracia

Observo mi obra detenidamente. Es perfecta.

Así, quieto, me gusta más. Hace falta un poco de morado, nada que no se pueda arreglar... Agregaré otro poco más de ira, le sienta bien a su rostro, aunque no lo sé de cierto porque exageré el rojo.

La boca está entreabierta, ¿dejaré hablar al dolor? Amo su voz, pero odio escucharlo tan disminuido. Un dedo, de piel casi apagada, toma dirección hacia los labios... pero desiste... Sabe que no resistirá la sangre. Su imaginación volará, pintándole un benévolo presente... Benévolo porque al vaticinar un futuro más cruel pone fin a la espera...

-No, por favor-, alcanza a decir antes de que mi pie se estrelle, por enésima ocasión, en sus costillas... Le beso después la frente donde pondré el tiro de gracia...

Bum!...

Por fin calló su mentirosa boca.