lunes, 3 de septiembre de 2012
Una cuerda más
- Yo lo maté. Vine a entregarme.
El policía no me miró consternado, como yo esperaba. Al parecer la escena es muy común. Bla bla bla. Su conversación era monótona, ensayada. Me indicó que tomara asiento en cualquiera de las sillas de la hilera. En lugar de ponerme esposas me entregó una tabla con tres formas. Burocracia, protocolo. Aún traía rastros de sangre en mi ropa. Me extrañaba que nadie en la comisaría reaccionara a eso. El oficial tendió una pluma.
Llené mis datos y luego vino una pregunta que me resultó cómica...
Lo maté, claro, y no me arrepentía. Pero era absurdo que me preguntaran cómo en aquel cuestionario.
Por supuesto que fue alevosía. Jamás espero recibir el primer golpe. Y el que pega primero, pega dos veces ¿no?...
Un momento... Ese golpe lo había asestado él con sus mentiras, pero ¿qué importaba?...
Cayó de frente al suelo, riendo, esperando que aquello fuera una broma, otro de mis arranques...
Si. Estaba medicada. Bajo un tratamiento riguroso que nunca respeté.
Y él no decía palabra. Seguía sosteniendo hacia mí esa mirada risueña y compasiva que tanto detestaba.
- ¿Qué miras?-, espeté.
- Nada cariño, tranquilízate. Te preparo un jugo y te tomas las pastillas. Todo estará bien.
¡Oh, no! Para él nada volvería a estar bien. Esta vez algo de miedo se asomó a sus ojos, casi imperceptible, pero ahí estaba y eso hacía crecer mis ansias, mi entusiasmo.
Se fue a la cocina. Yo seguía con el arma agresora en la mano. Volteó a tiempo para que una astilla se encajara en su bello rostro.
¿Dolió? ¡Claro que dolió! Las lágrimas brotaron, escociéndole la herida.
- Cálmate-, dijo entre un quejido, - llamaré al hospital.
Se moría de miedo. Sabía que nunca debió sacarme de allí.
Caminó hacia donde estaba el teléfono. Mal paso. No debes dejar a una loca cerca del cuchillo con el que estás partiendo las naranjas.
No regresaría a ese lugar, jamás...
Comenzó a apretar los botones.
- ¡Oh, no, no lo harás!- , grité, ya empezando a salir de mí.
- Debes concentrarte. No quieres hacer esto. Esa no eres tú...
Él no podía saberlo, ni yo lo sabía. Miré con detenimiento el cuchillo. Era el instrumento asesino menos original del mundo. ¡Qué común!, ¡qué ordinario! Corrí a la sala. Hasta allá oí el suspiro de alivio.
No tenía idea de cómo se hacía. Di varios golpes a la madera hasta que un hilo grueso me cruzó la cara. Me ardió, si, pero fue excitante...
Tiré y tiré.
Estaba lista.
Arrojé todo cuanto encontré a mi paso. Floreros, cuadros... Gritaba tan fuerte que aún me duelen los oídos. Me cuesta creer de que los ruidos del infierno provenían de mi garganta.
Le lancé un pesado cenicero. En cámara lenta observé flotar las partículas negras, una que otra colilla. El cuenco aterrizó, por más que él quiso evitarlo, justo en su cabeza. No hay manera de resistir conciente a un golpe como ese, sin embargo, con sangre fluyendo por toda su cara, tuvo aliento para suplicarme que me detuviera.
Me arrodillé junto a él. A una parte de mí, la sangre nunca le gustó y me dio náusea. Limpié su rostro con mi playera. Acaricié su cabello... Me gustaba tanto...
- ¡Shhhh, shhhh!-, murmuré.
Él me sonrió, imaginando que la calma llegaría. Mi cómplice liberó una cuerda más, recordándome mi plan. Reposé su cabeza en mi muslo y enrrollé un extremo en cada mano.
- ¡Shhhh, shhhh!-, murmuré otra vez.
Parecía que iba a dormirse...
Su cuello sintió el movimiento. De su boca no salió ni un ruido. Se podría decir que murió en paz.
Ahora sólo estaría conmigo... Aunque ya no podría pensar en mí...
Dormí unas horas abrazada a su cadáver. Tengo que decir que han sido las horas de sueño más tranquilas y felices. Sin dudas, sin miedo...
- Salí del trance y vine hasta aquí... Si, ya sé que dije que no quería volver al psiquiátrico pero...
En ese momento el policía alzó la mira del relato.
- Tranquila, no volverás...
- ¿Cómo? Se acaba de enterar de lo que hice y... -, me interrumpió.
- Matar a alguien con una guitarra no es un delito grave. Además, allá no cabe ni una cuerda más -, resopló con fastidio y dijo: - Márchese con su culpa a otra parte-.
Y me sacaron a empujones de la comisaría.
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